Archivar paraMarzo, 2009

La camacha del guaracho Macho, guaracha macha del Camacho, o que se yo (de lo que sucede cuando la oralitura suena bien)

Consideraciones para leer La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez.

Dedicatoria: A Jolette. Otro ídolo ficticio que nos enseñó que la vida es una cosa fenomenal.

“bababadakgharaghtakammin-
arronnkonnbronntonnerronntuon-
nthunntrovarrhounawskawntoohoohoorrdenenthurnuk!”

Joyce.

La guaracha tiene su propio código reinventado recreado replanteado retocado reivindicado refamoso reinterpretado restituído resignificado desde los reconditos recovecos de los recuerdos recurrentes del resto (grueso) de la reverencia revertida: carnavalizada, perpetrada dentro de la carica y la calca y las incómodas consideraciones del relato como narración que recae en cada cuento loco, circular o lineal o amorfo o fofo aunque más fiero que lo primero: reacciones del crítico “cucho” sobre La guaracha del Macho Camacho. Primer párrafo de lo siguiente.

Antes de acercarse a la guaracha para el análisis hay que tener en cuenta dos cosas: estamos ante un relato de caricatura, una recreación en papel de una porción de la realidad. La caricatura crítica de la realidad sociopolítica es caricatura, no realidad, y además tiene sus propias reglas. Y además, estamos ante la narración caricaturesca más extraña, el hit del momento de las caricaturas para adultos, la invitación a guarachear con el autor, analizar es aceptar es la invitación al juego. Pero para jugar y bailar hay que saber como hacerlo. Aunque por momentos nos perdemos. La caricatura en la guaracha no es Bugs Bunny y si lo es responde a la interpretación spacejamesca. La realidad se (con) fundirá con la realidad, pero es parte del baile.

El tío Joyce pisando el caribe.

La guaracha es una novela gigante de extensión media que se suma a la tradición de las novelas semi-ilegibles, también intraducibles. Los personajes viven su miércoles a las cinco de la tarde con amplios saltos de introspección y prospección. No es descabellado pensar que es un Bloomsday (16 de Junio). Si algunos bailes caribeños vienen de los machetazos rítmicos y asadonazos acompasados de los esclavos en las colonias. Y la narración está creada a ritmo de son, salsa y guaracha. Entonces se puede crear un paralelo en el pasaje de las lavanderas de Ana Livia Plurabelle (y todo Finnegans wake)y La guaracha. Pero estamos en el Caribe. Joyce sin bastón, el bigote mas abultado y un color de piel menos mortecino: Joyce con guayabera y bermudas. Se acopla perfectamente a una vieja frase del viejo Groucho Marx en Duck Soup “se parecía mucho a ti, es más me recuerda más a ti que tu mismo”.

El espacio: la(s) plaza(s) pública(s).

La plaza pública es el espacio del carnaval y de los fanáticos de Bajtín. Es el lugar público donde convergen la vida y la muerte. En La guaracha la calle es la plaza pública. El embotellamiento ocurre entre el puente de la constitución y la avenida Roosevelt, donde según Diaz Quiñones está el matadero y el primer centro comercial de San Juan. El diálogo entre la Vida y la muerte se desarrolla de manera más interesante: el Puente de la Constitución (inaugurado en 1954 para conmemorar la conversión de Puerto Rico en estado libre asociado), la “vida”, y el matadero de la avenida Roosevelt la muerte o, la muerte disfrazada de más “vida” en el centro comercial.

La carnavalización de la plaza pública no termina ahí. La carretera se pantagrueliza, o sea, crece. La carretera embotellada es Puerto Rico (¿libre?). La carnavalización del espacio en La guaracha es más interesante por presentar un espacio dinámico invertido (carnavalizado) y al mismo tiempo agigantado para crear la caricatura del país. Más interesante todavía: si el espacio del carnaval, la plaza, es un espacio de utopía en la que los ídolos, reyes, dioses y la moral se invierten y se convierten en utopía, en la guaracha se privilegia la heterotopía. El lugar inexistente se convierte en imposibilidad de retratar la mega-hiper-duper-super-polifonía de Puente de la constitución con Roosevelt. Son tantos autos, tantas personas, tantas mentes, tantos gritos y claxon que es imposible escuchar todos. Pero todos guarachean.

Carnaval, sátira, chiste y caricatura.

Según Vittorio Hösle, iniciado en la filosofía de la comedia, reírse de la desgracia ajena es lo más vulgar que existe. Se crea la categoría humor negro para ese tipo de bajezas. Por eso el humor negro no convence a muchos reidores forjados con la comedia colonial, todavía creen que negro es malo.

Los “reídores inteligentes”: alaban juegos de palabras, “ingeniosos”; se ríen de citas tomadas de libros “de citas” para ocasiones diversas, “que inteligente comentario señor Ventura”; y ensalzan siempre la parodia a su autor favorito, “como diría Derrida: tengo una exposición pero esta exposición no me pertenece”. Vittorio Hösle ejemplifica: una persona no puede decir chistes sobre la obesidad, sino sería un facista de gorditos, a no ser que padezca (o disfrute) de ella; un judío puede decir chistes de judíos pero un alemán no; Luis Rafael Sánchez malogra a sus personajes femeninos, por eso es un macho falocéntrico patriarcalista, si fuera mujer sería una gran caricaturista del machismo.

Luis Rafael Sánchez funciona en los dos niveles, el humor negro y el humor “inteligente” dialogan en el libro. Por un lado se ríe de la vida, obra y palabra de Graciela Alcántara y López de Montefrío, “salta las páginas de noticias internacionales del Time [...] salta las páginas de crítica literario da Time [...] se detiene fas-ci-na-da, he-chi-za-da, em-bru-ja-da, a mirar la fascinante, hechizante y embrujante fotografía de la casa de Liz y Richard en Puerto Vallarta”(p.273). Por el otro se burla de la academia con chistes que sólo se entienden “aquientrenos”, “Footnote sin el foot” (p. 132). Como dice Díaz Quiñones “se incita a la interpretación, pero al mismo tiempo se incida a la interpretación, pero al mismo tiempo se practica la hermenéutica de la sospecha, sin que llegue a respuestas estables o tranquilizadoras. [...] en la guaracha el malestar acompaña siempre a la carcajada” (p. 46-47). La academia debe reír. No todo es armonía y diálogo entre los dos niveles de risa, los escatológico se funde con lo culto. La China Hereje (nuestra Molly Bloom caribeña)[1] eructa cocacolienta como una canción gutural de Louis Armstrong.

Vicente es decente y también es importante. Licenciado licencioso. El hombre, máximo EL macho de la novela. Dueño del Mercedes que es El auto (aún más que el Ferrari de Benny). Vicente es el carnaval del macho exacerbado. Es la muestra de la banalidad política y la inocuidad del macho. En la plaza-calle pública-taponeada (más vida que muerte) Vicente se dirige a su muerte chiquita. Es el Latin Lover a la altura de Carlos Gardel, Jorge Negrete y Mauricio Garcés.

Woody Allen dice en Manhattan “no creo en las relaciones extramatrimoniales. La gente debe emparejarse de por vida, como las palomas o los católicos” animalizar a los católicos comparados con las palomas equivale a degradarlos en un elogio. Decir Vicente (decente y elocuente) es orador para Leones responde a la misma mecánica.

Benny es el macho capado, el macho-nenita, o el machomenos. La época del Ferrari (aunque siempre será época del Ferrari) es la misma que la del semental italiano (como Al Pacino). Entonces el Ferrari es el carro del semental italiano. La configuración genital del macho caribeño no le permite ser uno. El primer requisito es ser italiano, el segundo ser macho y el tercero consumar el acto machista con italianas. Benny es macho caribeño (un potencial latin lover), pero con auto italiano. La insuficiencia e impotencia de Benny viene de su fingido italianismo. Sólo ama al Ferrari, la única italiana que conoce. Woody Allen exige en Annie Hall “no te metas con la masturbación es hacer el amor con alguien a quien realmente quiero”. A Benny lo capó ser macho, ser latin lover y querer ser italiano.

La coronación de la guaracha.

Si la guaracha es el carnaval, el locutor es el oficiante de la misa de carnaval. En el carnaval se exacerba la pasión y se dejan salir los deseos reprimidos. La guaracha ha tomado el país y el macho camacho es el bufón coronado, porque la política de Vicente (es impotente y bastante incompetente) no funciona, mucho menos el Yanquis this is home. El Macho Camacho toma las calles para hacer el derrotero del carnaval con la guaracha. La guaracha es la industria nacional. La panacea nacional “esa jacarandosa, pimentosa, laxante y edificante, profiláctica y didáctica, filosófica y pegajosófica guaracha del Macho Camacho”. (p. 129)

La guaracha es el sujeto colectivo que está en boca de todos. Es la ruptura total del ritmo que lleva al absurdo. La guaracha es satírica porque habla de un sujeto colectivo e irónica porque esconde un poco de verdad. “La risa es la venganza que nos tomamos respecto a la razón cuando advertimos que sus conceptos no son adecuados a las sutiles diferencias de la realidad (Hösle: 32). Y es inflacionaria porque lleva lo banal (el embotellamiento) al plano de los sublime (la metáfora de Puerto Rico y lo demás que he abordado). Aunque realmente vivimos en una farsa inflada.

Los personajes y el influjo de la música en ellos responde a la carnavalización y la sátira. Woody Allen (para no perder el ritmo) en alguna película dice “Cuando escucho a Wagner me entran unas ganas tremendas de invadir Polonia”. Los personajes de La guaracha se creen que la vida es una cosa fenomenal. La guaracha tiene más credibilidad que la vida misma. Como cantan Les Luthiers en Manuel Darío “te quiero más que a mi vida, mi vida eres tu, pero si mi vida eres tu y te quiero más que a mi vida, quiere decir que te quiero más que a ti misma”.

Así que no me pregunten si el subalterno puede hablar, es mejor escucharlo (nos) cantar y reírse (nos).

Regreso al WordPress

Faroleando entre estas ondas, descubrí que el WordPress ya tiene un nuevo diseño. Fantástico diría yo. Sólo entro para mantener vivo esto. Lo retomaré que lo había tenido un poco olvidado.