Fronteras entre intertextualidad y plagio

¿Hasta dónde una obra puede apropiarse de otra para nutrirse?, es la pregunta a la que responden varios escritores a partir de la polémica que suscitó en estas páginas Tríptico del desierto de Javier Sicilia. Asimismo publicamos la contrarréplica de Evodio Escalante al ganador del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2009.

En las recientes semanas en este suplemento, Evodio Escalante y Javier Sicilia han polemizado sobre la manera como se utilizan versos de Eliot, Rilke y Celan, entre otros poetas, en Tríptico del desierto (Era), con el que Sicilia obtuvo el Premio Aguascalientes de Poesía 2009.

El debate nos lleva a preguntarles a otros poetas: ¿hasta dónde una obra puede apropiarse de otra para nutrirse? Víctor Manuel Mendiola ubica como un referente Tierra baldía de T.S. Eliot: “Esta composición articula de un modo original textos de distinta procedencia y diversa índole con la voz del poeta, porque sincroniza el lenguaje de otros autores con el lenguaje de Eliot. Pero en este poema las fronteras están claramente establecidas. No hay confusión posible. El lector avezado pero también el ingenuo no pueden caer en engaño. Eliot nos deja ver claramente lo que es de él y lo que es de otros. Con comillas, cursivas y una lista suficiente de notas al final del poema, comprendemos el montaje o la superposición de textos. No actuar de este modo hubiera hecho confusas las fronteras de la ‘intertextualidad’ y protegido los hurtos del ladrón en el libro”.

A mediados de siglo XX, los estructuralistas impulsaron una tesis: eliminar al sujeto de toda obra. En este sentido, Roland Barthes llegó a decir que todo texto es un intertexto, por la presencia de otros textos en él. Sobre ello comenta Juan Domingo Argüelles: “Para hablar de intertextualidad y plagio, primero tenemos que hablar de influencias. En un texto están presentes extractos variables de cultura que nosotros hacemos nuestra inconscientemente. Paul Valéry, a quien Octavio Paz citó en su momento cuando fue acusado de haber plagiado a Samuel Ramos para escribir El laberinto de la soledad, decía: ‘no hay nada más original que nutrirse de los otros, pero es preciso digerirlos. El león está hecho de cordero asimilado’. Esta frase Paz la tradujo dando a entender que, efectivamente, había leído a Samuel Ramos pero que de alguna manera se lo había comido y que en ningún modo se sentía plagiario”.

La discusión sobre si esta absorción de la obra elimina al autor, plantea un asunto que define Adolfo Castañón: “Este debate se da dentro de una cultura universal y planetaria, donde la identidad individual puede estar expuesta y encontrarse cada vez más desdibujada. Hace poco encontré un ensayo de Mark Twain sobre los traductores de Shakespeare y me sorprendí cuando vi en una nota a pie de página una elaboración que me sonaba mucho y que no era más que uno de los textos de Historia universal de la infamia en torno al impostor Tom Castro; ése es un ejemplo de plagio nobilísimo y muy elaborado por parte de Borges, que hizo de una nota al pie de Mark Twain un cuento”.

En términos concretos, la frontera entre plagio e intertexto pareciera ser muy tenue, no obstante, Jorge Fernández Granados ubica como diferencia el fin que persiguen en sí mismos: “Aquello que se llama plagio es muy evidente, es una copia con toda la intención y plena conciencia de que es una obra ajena, buscando ocultar el origen. Mientras que la intertextualidad, la influencia, la mimesis, la paráfrasis, el diálogo entre un estilo o una obra y otra es algo muy diferente. Aquí lo que sucede es la asimilación de una obra a través de otra, esto puede tomar muchos matices, puede ser desde algo por influencia o para hacer un homenaje o una paráfrasis. También puede ser una cosa satírica, un juego de ironía, pongamos por ejemplo el collage. El autor puede o no hacerlo evidente. La intertextualidad es uno de los elementos más importantes en el arte contemporáneo, casi diría que no hay una obra absolutamente original. De alguna u otra forma todas las obras escritas en la actualidad la manejan de distinta manera”.

Bajo esta línea, precisa Adolfo Castañón: “Una frase tiene sentido en función de las frases que la preceden, que la siguen y que se sobreponen. La cultura de la originalidad absoluta en términos literarios y de la enciclopedia del idioma es muy relativa. El filósofo catalán Eugenio D’Ors dice: todo lo que no es plagio es traición y todo lo que no es traición es plagio. Se puede jugar mucho con este tema y también se puede pensar que hay personas que temen que los plagien y otros que celebran que los hayan plagiado, porque eso los hace entrar al reino de esa inmortalidad llamada cultura de todos”.

Una vez que se toman elementos de una obra, existen recursos como cursivas, comillas, notas, información que aclare el poema, novela, música a la que se acudió. No obstante, el autor tiene la libertad de precisar o no estos datos. En el caso de Javier Sicilia y Tríptico del desierto, no lo hizo, algo que según Francisco Hernández, integrante del jurado del Premio Aguascalientes 2009, es válido. “Hay una frase de no sé quién que dice: la poesía debe estar hecha por todos. Eso fue lo que advertimos en el texto de Sicilia, estamos perfectamente conscientes de lo que estábamos haciendo y sabíamos de dónde venían las líneas y fragmentos que estaba usando; damos por un hecho que así se manejan estas cosas. No se puede ser tan estrictamente académico y poner a pie de página todo lo que va dentro de un texto. Uno define si pone la cita o no, allá los lectores si saben o no quién es Paul Celan”.

En el mismo tono comenta María Baranda, también jurado del certamen: “Hablar de intertextualidad es hablar de puentes entre distintas tradiciones poéticas, de enlaces entre poetas y poemas, de viajes de un continente a otro; se trata de ver más allá de los movimientos, los estilos o los lenguajes de la poesía. La intertextualidad, desde sus comienzos, nos habla de abundancia, de logro, de conversación y de progreso. Basta con recordar a tres grandes que la pusieron en marcha en sus propios poemas: Pound,
Williams, Eliot. Quien la usa lo hace de una manera evidente y abierta, a los ojos de todos, porque es una preferencia, un camino, una señal de vigor y de salud de su propia poesía. Por eso, muchas veces, no recurre a la puntuación o al señalamiento de la comilla. Pero apela siempre a la inteligencia del lector”.

Para Castañón esto no representa mayor controversia: “El poeta tiene todo el derecho de probar la inteligencia de sus lectores, y ése es parte del juego de la literatura. Alfonso Reyes jugó con intertextos en las Burlas literarias que escribió con Enrique Díez-Canedo, donde le trataban de tomar el pelo a un erudito hispanista de principios de siglo proponiéndole que se había descubierto un documento de Góngora que ellos habían cocinado.

Ladrón de mariposas
Ladrón de mariposas

“Creo que decir poesía es decir intertextualidad y decir creación es decir rapto. Y rapto es una palabra que está en la definición de plagio. El rapto es el juego de la literatura, la pintura y la música que están llenas de eso. O sea que gravitamos en torno al mismo sol, en distintas órbitas”.

¿Usar o no las acotaciones?, he ahí el dilema. Opina Jorge Fernández Granados: “Como son convenciones pueden ser obviadas u omitidas y situarse en un espacio de mayor libertad, donde la cita queda intercalada en el texto. Un caso muy claro en la poesía mexicana contemporánea es Gerardo Deniz, que todo el tiempo está jugando con la intertextualidad y la cita oculta, jugando a ver quién lo descubre. En el ensayo siempre que uno cita debe ubicar la fuente; no pasa nada malo si uno no lo hace, pero es más serio el trabajo cuando se toman todas esas medidas de respeto a la obra anterior. Por supuesto, las referencias son inagotables y es imposible estarlas citando en todo momento. Yo me inclino por respetar lo más posible la fuente, pero es algo muy personal”.

A juicio de Mendiola, precisar la fuente obedece a una cuestión de responsabilidad: “El autor debe encontrar la manera de hacer claro que su poema —o novela o ensayo— está ampliando o mutilando o tergiversando otro texto que no es el suyo. Hay muchos recursos tipográficos y gramaticales para hacer la indicación. No usarlos revela falta de pericia literaria o hurto. Tan desafortunado un acto como el otro. El autor realiza esta aclaración por un principio de honestidad y también por respeto a los otros autores, a los editores y a los lectores”.

Los argumentos apuntan hacia una cuestión personal y por lo tanto discutible con diversos puntos de vista. El caso de Deniz es referencial en cuanto a que lleva este tipo de prácticas a niveles extremos: “Para mis fines o mi interés no me importa en absoluto poner citas o comillas. Son cosas tan breves que no tendría razón nombrarlas, y menos para llamarlas plagio. La vida es intertextualidad. Cuando escribo, escribo lo que se me ocurre o pienso, y si en ese camino se interpone una palabra o una frase, un pasaje de otros, lo uso. No importa que sea de Dante o de Gilgamesh. La cita sólo tiene sentido cuando se usa un párrafo, lo mismo un epígrafe”, comenta el escritor.

La forma de trabajar este recurso obedece a una cuestión individual. Así lo entiende María Baranda: “La manera de usar la intertextualidad depende de la necesidad y de la realidad de cada texto”.

Al respecto, precisa Fernández Granados: “Concretamente en mi libro Principio de incertidumbre, hay una gran cantidad de versos o citas, claro que al final hago todo un apéndice de notas y fuentes, indicando de dónde provienen y de qué obras. Sí creo que la obra contemporánea es intertextual. Es una característica que enriquece el arte, siempre y cuando se haga lo más ética y transparentemente posible, tratando de que quien quiera buscar la referencia siempre la tenga a mano”.

Habla Francisco Hernández: “En mi libro Cuaderno de Borneo utilicé versos de Georg Trakl y sí los puse en cursivas, pero en otros textos como en Habla Scardanelli no me tomé esa molestia, es como si un artista gráfico hiciera un collage y en la parte de atrás del cuadro tuviera que poner: Este pedacito de cartón lo tomé de una caja de cerveza?”

Para Mendiola: “Todo texto es producto de una tradición (formas, fuentes, variaciones, comentarios…). Todos estamos atrapados en esta ‘red sonora’. Todos sin querer citamos, aludimos y también provocamos fricciones. No obstante, si hay algo fundamental que debe reivindicar un escritor —y cualquier artista— es la capacidad de invención. Aunque habría que decir que en la postmodernidad, en los tiempos del populismo ‘artístico’, la invención es trabajo reproductivo y nivel medio. El arte dominante, de clase media, es ‘democrático’ y plagiario. En lo personal he usado la intertextualidad en mi poema Papel revolución que cita, contrasta y dialoga con Historia verdadera de la conquista de la Nueva España así como con los libros de historia de la SEP de hace cuarenta y tantos años. Mi poema también hace una especie de alusión —no de intertexto— cubo-futurista a los cómics”.

Rasgo determinante es la intención. Aquí los entrevistados coinciden, aun cuando cada uno la lleva a distintos terrenos. Mientras que para Mendiola se puede hablar de plagio “cuando un autor toma una idea, y su forma de encarnar en una solución verbal específica, sin dar aviso al lector o al editor”, Castañón afirma: “A veces uno puede incurrir en un plagio sin saberlo porque a través de él está hablando la tradición, está tan embebido en la tradición que está siendo trabajado por ella. [Lo importante para la literatura] es juzgar si esas imitaciones fueron o no artísticamente eficaces y será la posteridad la que decidirá esas cosas”.

Héctor González

tomado del suplemento cultural Laberinto, Milenio.

desabandonando (de nuevo)

Ahora sí, con propósito de enmienda y todo, intento regresar al WordPress. Ya tengo una columna en un periódico de circulación local, así que además de algunos artículos académicos, comenzaré a postear aquí mis artículos que aparezcan en el Tribuna.

Debo admitir que eso de escribir en el periódico es nuevo para mí. Pero, además de las recompensas de ver que la gente ya me lee (o cuando menos ya no tiene pretextos) me obliga a escribir más seguido.

Dada mi fractura y demás estuve en una etapa de sequía (aka bloqueo autoinducido) pero ya se terminó así que espero seguirle, sino como se debe cuando menos como no se debe.

La camacha del guaracho Macho, guaracha macha del Camacho, o que se yo (de lo que sucede cuando la oralitura suena bien)

Consideraciones para leer La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez.

Dedicatoria: A Jolette. Otro ídolo ficticio que nos enseñó que la vida es una cosa fenomenal.

“bababadakgharaghtakammin-
arronnkonnbronntonnerronntuon-
nthunntrovarrhounawskawntoohoohoorrdenenthurnuk!”

Joyce.

La guaracha tiene su propio código reinventado recreado replanteado retocado reivindicado refamoso reinterpretado restituído resignificado desde los reconditos recovecos de los recuerdos recurrentes del resto (grueso) de la reverencia revertida: carnavalizada, perpetrada dentro de la carica y la calca y las incómodas consideraciones del relato como narración que recae en cada cuento loco, circular o lineal o amorfo o fofo aunque más fiero que lo primero: reacciones del crítico “cucho” sobre La guaracha del Macho Camacho. Primer párrafo de lo siguiente.

Antes de acercarse a la guaracha para el análisis hay que tener en cuenta dos cosas: estamos ante un relato de caricatura, una recreación en papel de una porción de la realidad. La caricatura crítica de la realidad sociopolítica es caricatura, no realidad, y además tiene sus propias reglas. Y además, estamos ante la narración caricaturesca más extraña, el hit del momento de las caricaturas para adultos, la invitación a guarachear con el autor, analizar es aceptar es la invitación al juego. Pero para jugar y bailar hay que saber como hacerlo. Aunque por momentos nos perdemos. La caricatura en la guaracha no es Bugs Bunny y si lo es responde a la interpretación spacejamesca. La realidad se (con) fundirá con la realidad, pero es parte del baile.

El tío Joyce pisando el caribe.

La guaracha es una novela gigante de extensión media que se suma a la tradición de las novelas semi-ilegibles, también intraducibles. Los personajes viven su miércoles a las cinco de la tarde con amplios saltos de introspección y prospección. No es descabellado pensar que es un Bloomsday (16 de Junio). Si algunos bailes caribeños vienen de los machetazos rítmicos y asadonazos acompasados de los esclavos en las colonias. Y la narración está creada a ritmo de son, salsa y guaracha. Entonces se puede crear un paralelo en el pasaje de las lavanderas de Ana Livia Plurabelle (y todo Finnegans wake)y La guaracha. Pero estamos en el Caribe. Joyce sin bastón, el bigote mas abultado y un color de piel menos mortecino: Joyce con guayabera y bermudas. Se acopla perfectamente a una vieja frase del viejo Groucho Marx en Duck Soup “se parecía mucho a ti, es más me recuerda más a ti que tu mismo”.

El espacio: la(s) plaza(s) pública(s).

La plaza pública es el espacio del carnaval y de los fanáticos de Bajtín. Es el lugar público donde convergen la vida y la muerte. En La guaracha la calle es la plaza pública. El embotellamiento ocurre entre el puente de la constitución y la avenida Roosevelt, donde según Diaz Quiñones está el matadero y el primer centro comercial de San Juan. El diálogo entre la Vida y la muerte se desarrolla de manera más interesante: el Puente de la Constitución (inaugurado en 1954 para conmemorar la conversión de Puerto Rico en estado libre asociado), la “vida”, y el matadero de la avenida Roosevelt la muerte o, la muerte disfrazada de más “vida” en el centro comercial.

La carnavalización de la plaza pública no termina ahí. La carretera se pantagrueliza, o sea, crece. La carretera embotellada es Puerto Rico (¿libre?). La carnavalización del espacio en La guaracha es más interesante por presentar un espacio dinámico invertido (carnavalizado) y al mismo tiempo agigantado para crear la caricatura del país. Más interesante todavía: si el espacio del carnaval, la plaza, es un espacio de utopía en la que los ídolos, reyes, dioses y la moral se invierten y se convierten en utopía, en la guaracha se privilegia la heterotopía. El lugar inexistente se convierte en imposibilidad de retratar la mega-hiper-duper-super-polifonía de Puente de la constitución con Roosevelt. Son tantos autos, tantas personas, tantas mentes, tantos gritos y claxon que es imposible escuchar todos. Pero todos guarachean.

Carnaval, sátira, chiste y caricatura.

Según Vittorio Hösle, iniciado en la filosofía de la comedia, reírse de la desgracia ajena es lo más vulgar que existe. Se crea la categoría humor negro para ese tipo de bajezas. Por eso el humor negro no convence a muchos reidores forjados con la comedia colonial, todavía creen que negro es malo.

Los “reídores inteligentes”: alaban juegos de palabras, “ingeniosos”; se ríen de citas tomadas de libros “de citas” para ocasiones diversas, “que inteligente comentario señor Ventura”; y ensalzan siempre la parodia a su autor favorito, “como diría Derrida: tengo una exposición pero esta exposición no me pertenece”. Vittorio Hösle ejemplifica: una persona no puede decir chistes sobre la obesidad, sino sería un facista de gorditos, a no ser que padezca (o disfrute) de ella; un judío puede decir chistes de judíos pero un alemán no; Luis Rafael Sánchez malogra a sus personajes femeninos, por eso es un macho falocéntrico patriarcalista, si fuera mujer sería una gran caricaturista del machismo.

Luis Rafael Sánchez funciona en los dos niveles, el humor negro y el humor “inteligente” dialogan en el libro. Por un lado se ríe de la vida, obra y palabra de Graciela Alcántara y López de Montefrío, “salta las páginas de noticias internacionales del Time [...] salta las páginas de crítica literario da Time [...] se detiene fas-ci-na-da, he-chi-za-da, em-bru-ja-da, a mirar la fascinante, hechizante y embrujante fotografía de la casa de Liz y Richard en Puerto Vallarta”(p.273). Por el otro se burla de la academia con chistes que sólo se entienden “aquientrenos”, “Footnote sin el foot” (p. 132). Como dice Díaz Quiñones “se incita a la interpretación, pero al mismo tiempo se incida a la interpretación, pero al mismo tiempo se practica la hermenéutica de la sospecha, sin que llegue a respuestas estables o tranquilizadoras. [...] en la guaracha el malestar acompaña siempre a la carcajada” (p. 46-47). La academia debe reír. No todo es armonía y diálogo entre los dos niveles de risa, los escatológico se funde con lo culto. La China Hereje (nuestra Molly Bloom caribeña)[1] eructa cocacolienta como una canción gutural de Louis Armstrong.

Vicente es decente y también es importante. Licenciado licencioso. El hombre, máximo EL macho de la novela. Dueño del Mercedes que es El auto (aún más que el Ferrari de Benny). Vicente es el carnaval del macho exacerbado. Es la muestra de la banalidad política y la inocuidad del macho. En la plaza-calle pública-taponeada (más vida que muerte) Vicente se dirige a su muerte chiquita. Es el Latin Lover a la altura de Carlos Gardel, Jorge Negrete y Mauricio Garcés.

Woody Allen dice en Manhattan “no creo en las relaciones extramatrimoniales. La gente debe emparejarse de por vida, como las palomas o los católicos” animalizar a los católicos comparados con las palomas equivale a degradarlos en un elogio. Decir Vicente (decente y elocuente) es orador para Leones responde a la misma mecánica.

Benny es el macho capado, el macho-nenita, o el machomenos. La época del Ferrari (aunque siempre será época del Ferrari) es la misma que la del semental italiano (como Al Pacino). Entonces el Ferrari es el carro del semental italiano. La configuración genital del macho caribeño no le permite ser uno. El primer requisito es ser italiano, el segundo ser macho y el tercero consumar el acto machista con italianas. Benny es macho caribeño (un potencial latin lover), pero con auto italiano. La insuficiencia e impotencia de Benny viene de su fingido italianismo. Sólo ama al Ferrari, la única italiana que conoce. Woody Allen exige en Annie Hall “no te metas con la masturbación es hacer el amor con alguien a quien realmente quiero”. A Benny lo capó ser macho, ser latin lover y querer ser italiano.

La coronación de la guaracha.

Si la guaracha es el carnaval, el locutor es el oficiante de la misa de carnaval. En el carnaval se exacerba la pasión y se dejan salir los deseos reprimidos. La guaracha ha tomado el país y el macho camacho es el bufón coronado, porque la política de Vicente (es impotente y bastante incompetente) no funciona, mucho menos el Yanquis this is home. El Macho Camacho toma las calles para hacer el derrotero del carnaval con la guaracha. La guaracha es la industria nacional. La panacea nacional “esa jacarandosa, pimentosa, laxante y edificante, profiláctica y didáctica, filosófica y pegajosófica guaracha del Macho Camacho”. (p. 129)

La guaracha es el sujeto colectivo que está en boca de todos. Es la ruptura total del ritmo que lleva al absurdo. La guaracha es satírica porque habla de un sujeto colectivo e irónica porque esconde un poco de verdad. “La risa es la venganza que nos tomamos respecto a la razón cuando advertimos que sus conceptos no son adecuados a las sutiles diferencias de la realidad (Hösle: 32). Y es inflacionaria porque lleva lo banal (el embotellamiento) al plano de los sublime (la metáfora de Puerto Rico y lo demás que he abordado). Aunque realmente vivimos en una farsa inflada.

Los personajes y el influjo de la música en ellos responde a la carnavalización y la sátira. Woody Allen (para no perder el ritmo) en alguna película dice “Cuando escucho a Wagner me entran unas ganas tremendas de invadir Polonia”. Los personajes de La guaracha se creen que la vida es una cosa fenomenal. La guaracha tiene más credibilidad que la vida misma. Como cantan Les Luthiers en Manuel Darío “te quiero más que a mi vida, mi vida eres tu, pero si mi vida eres tu y te quiero más que a mi vida, quiere decir que te quiero más que a ti misma”.

Así que no me pregunten si el subalterno puede hablar, es mejor escucharlo (nos) cantar y reírse (nos).

Regreso al WordPress

Faroleando entre estas ondas, descubrí que el WordPress ya tiene un nuevo diseño. Fantástico diría yo. Sólo entro para mantener vivo esto. Lo retomaré que lo había tenido un poco olvidado.

El libro que salió al revés

por Álvaro Vargas Llosa.

No hay ejercicio más fútil que buscar el desprestigio de un escritor. Se puede arruinar la reputación de un político, un aspirante a yerno, una princesa o un oficinista, pero no la de un escritor probado. La fortaleza insular del escritor es impenetrable para el ejército moral de la opinión publica. Es la frustrante verdad que debe haber aprendido Paul Theroux desde que a fines de los noventa publicara Sir Vidia’s Shadow. Las muy convincentes anécdotas sobre el egoísmo, la misoginia, la tacañería, la felonía, la vanidad, la envidia, la prepotencia y el desprecio por el subdesarrollo (y el desarrollo) de V.S. Naipaul son inútiles para el fin que se proponen: el escritor pertenece a esa rara especie de los inmunes morales. Si Theroux quería acabar con Naipaul, debió matarlo antes de que publicara sus primeros libros, especialmente The Mystic Masseur. Era la única forma de lograr lo que intentó, al cabo de treinta y dos años de amistad, publicando Sir Vidia’s Shadow, el libro que le salió al revés.
Theroux acerca el lente a la viscosa, indigna materia humana de que se compone V. S. Naipaul, el hombre, y lo que logra es entregarnos las claves, la secreta fábrica del genio literario. Quiso volarle los sesos con una descarga de dinamita y la única mecha que encendió es nuestra animal curiosidad por saber dónde y cómo brota el talento literario, por conocer las conexiones misteriosas que fluyen entre la peripecia vital y la vocación por la palabra escrita. Pretendió metamorfosear a Naipaul en demonio y le salió una operación de signo contrario: ahora queda más claro que antes que la literatura es una planta procesadora que transforma la basura humana en ambrosía. La frustración, el tiro por la culata de Paul Theroux es la razón de ser de la literatura. A este fascinante descubrimiento llega uno a medida que recorre, junto con el relato, los treinta y dos años de una amistad que nació en Kampala, Uganda, en los años sesenta, cuando Theroux era un joven profesor universitario que aspiraba a escribir y Naipaul un insoportable genio en ciernes, con algunos premios en su haber, que no ocultaba su desprecio por África (“esto volverá a ser la selva”) y prodigaba sentencias definitivas (“la verdad es sucia”, “la profesión literaria es justa”, “la novela ha caducado”, “la mejor literatura es una visión perturbadora ofrecida desde una posición de fuerza”, “no uses las palabras para conseguir efectos”, “quiero que mi prosa sea transparente, no quiero que el lector se tropiece conmigo”). Desde entonces hasta el último encuentro de ambos, en Gloucester Road, en Londres, la relación entre el maestro y el discípulo transcurre a través de cinco continentes, pues los dos son viajeros empedernidos por razones de su oficio de escritores, a menudo a la distancia, por medio de cartas y conversaciones telefónicas. Todo lo que ocurre —el desarrollo accidentado, a ratos penoso, de dos carreras literarias exitosas, pues Theroux se vuelve famoso a partir de The Great Railway Bazaar— puede reducirse a esto: una lucha, y esta es la palabra que Naipaul a menudo emplea para hablar de su oficio, por defenderse de la existencia a través del mecanismo transformador y redentor de la literatura.
Porque desde las primeras páginas resulta muy evidente que ninguno de los dos está contento. No expresan su desajuste con la vida del mismo modo. Pero ambos son unos inadaptados sociales, piezas zafadas del engranaje de la vida en sociedad. Son dos exiliados —Naipaul deja Trinidad, donde nació, y no vuelve a vivir allí nunca más; Theroux, estadounidense, se pasa la mayor parte del tiempo viajando y reside muchos años en Londres—, pero su exilio es tanto existencial como físico. Naipaul, según describe Theroux con minuciosidad, vive atormentado por esa sensación de no pertenecer a nada y, desvinculado de su matriz cultural, de estar escribiendo “para gente que es indiferente a mi material”. El significado de esa angustia tiene tanto que ver con el exilio geográfico y cultural como con el exilio en tanto que soledad, individualidad desarraigada del rebaño humano en incesante afán de cerrar una brecha entre ella y el mundo. La forma en que ambos escritores intentan que cicatrice esa herida (“la literatura es para los heridos y dañados”, dice Naipaul) es, precisamente, lo que escriben y publican. Nada más importa: ni siquiera la traición final de Naipaul contra Theroux, cuando la segunda y reciente esposa del primero, celosa del amigo, vende los libros que Theroux había dedicado a Naipaul a lo largo de tres décadas a un librero de primeras ediciones y luego le escribe una carta plagada de diatribas. Resulta secundaria esta anécdota, como secundario el mal genio del escritor antillano-indio-británico. Porque, confirmando que los libros son entes autónomos del autor y sus intenciones, Sir Vidia’s Shadow corrige las jerarquías de tal modo que lo que en apariencia constituye la esencia del libro —la sucesión de anécdotas que muestran a Naipaul como un ser espantoso— y lo que sin duda Theroux quiere transmitir —que Naipaul es un hijo de puta— termina siendo relegado a segundo plano por un protagonista que no es de carne y hueso: la creación literaria. O sea: su raíz, su origen, su función, su naturaleza. Sin necesidad de formular una sola afirmación filosófica, con el mero despliegue descriptivo de dos vidas literarias plagadas de miseria humana, Theroux nos lo dice todo. El relato cuenta lo que es la literatura con mucha más eficacia que un ensayo de Saint-Beuve.
Por eso creo que es un espléndido libro. Cierto: es vengativo, malvado y perverso, chismoso y puede que hasta injusto a pesar de la puñalada de Naipaul contra su amigo y discípulo. Pero si no eres amigo de Naipaul ni enemigo de Theroux, es imposible —así de injusta es la literatura, contradiciendo a Naipaul— que no acabes con la inquietante sensación de que tu dedo meñique ha rozado el nervio sensible de esa bestia mitológica que se llama literatura.

Lo más emocionante es que compré el libro esta semana (a 60 varos en Super Maz [a.k.a. Soriana]) Lo que demuestra que hay muchas maravillas escondidas entre los best-sellers de Yordi Rosado y Gaby Vargas (que no es la linkeada a la derecha). Otra anécdota chaira es: ¡¡¡¡Heinrich Böll a 15 varos!!!! EN CHEDRAUI, y también he escuchado de gente que compró la Poética de Aristóteles a precios obscenamente bajos… eso enseña algo… pero no se qué.

Literatura nobel v’s literatura gringa (Yépez)

Acabo de leer el nuevo artículo de Yépez. El nobel nos agarró a muchos con el jesús. A otros les agarró en el baño. A mi me agarró con el jesús en la boca mientras estaba en el baño. Debo admitir algo, veía venir el nobel para un (otro) ebriopeo. No es que Europa sea la cuna de la literatura, pero que bien saben vender la idea de la “disque”-vanguardia. Pero yo no peroratearé más. Dejo el artículo de Yépez, aunque el tono del mismo va decayendo conforme avanza me parece mejor que los dos o tres anteriores sobre la curaduría y post-curaduría, las artes visuales son de hueva, pero los artistas visuales son el triple de hueva, a no ser que sean Fresa (que es de hueva, pero está bien buena).

Literatura novel v’s literatura gringa

Días antes de anunciar los Nobel 2008, el secretario permanente de la Academia Sueca, Horace Engdahl, aseveró que la literatura norteamericana es provinciana.

¡Hasta que la Academia Sueca es sensata! Ni Philip Roth ni Joyce Carol Oates ni Paul Auster ni Don DeLillo son escritores literariamente revolucionarios. Son pacatos y reaccionarios. Escriben bien. Pero también escribe bien Marcela Serrano.

Aunque han estado regalando el Nobel a políticos literariamente correctos, esta vez Engdahl tiene razón. La literatura norteamericana mainstream es una majadería. Una tomada de pelo que agrada a miles de lectores y escritores, miembros del Nuevo Orden Provinciano Global.

Why? Sencillo. Refleja el conservadurismo de su vida y pensamiento. Todos estos autores norteamericanos reiteran una forma de ser semejante a la abanderada por las clases lectoras. La estetizan, es decir, la ironizan y embellecen en dosis equilibradas. El escritor y el artista contemporáneos consisten en fingir una distancia crítica.

Solterona tan perversa como guapa, en la historia ¡eres una gran quedada! Ni modificas ni aceptas tu conformidad con el mundo, sino que perpetras algo tan chapucero que no hemos sido capaces de desenmascararte, no quedándonos otra que denominarte “literatura”.

Margaret Atwood, Haruki Murakami, Amy Tan, Isabel Allende o Carlos Ruiz Zafón. ¿Cuál disidencia frente al mercado? Que el mercado no está hecho de ventas, amigos, sino de valores. Son las plumas de la familia o de la oveja negra, que es la misma vaina.

Si no al final del día, sí, definitivamente, durante el intermedio, Sarah Palin y Elfriede Jelinek son una misma figura.

Todas nuestras literaturas han ido, siglo tras siglo, consolidando esta función: ser un satélite bipolar de la cultura; simular una desviación de los valores caciques. Ninguna lo hace tan bien como la norteamericana.

Por eso, tal literatura, como Engdahl acusa, no traduce ni participa del “diálogo internacional”. (Claro, Engdahl, por internacional quiere decir eurocéntrico; “Europa sigue siendo el centro de la literatura”, delira.) Los americanos, remata, padecen de “ignorancia” y sus autores “están demasiado pendientes de las modas en su propia cultura de masas”.

Aquí hay un debate sonámbulo. Engdahl critica el aislacionismo (proteccionismo intelectual) de las letras estadunidenses pero, a la vez, las critica por sufrir el excesivo influjo de lo comercial, es decir, por no estar suficientemente aislada de lo popular.

Literatura es insularidad. Después de la modernidad, no obstante, todavía no sabemos de qué exactamente debemos aislarnos.

¿De las generaciones? ¿El extranjero? ¿El lector? ¿Los géneros? ¿La política? ¿El mercado? ¿De la literatura misma? ¿Del propio escritor? ¿Del clima?

Nobody knows.

Heriberto Yépez

…y ya.

A chin

Tenía abandonado este blog. Casi había olvidado que lo tenía. Hasta que recorde que sirve para las cosas serias. Y no hay nada más serio que decir que ya tenemos librería Gandhi en Mérida (a.k.a. Puebloquieto). La neta no está surtida como otras sucursales, pero bueno, llegan picando piedra. Espero que lleguen las promociones y toda esa buena onda que tiene el cuasi-monopolio de librerías de nuevo (monopolio pero NO es Dante).

También espero que con todas las malas vibras que hay contra Dante, los dueños reconsideren los precios y el surtido de sus librerías. Creo que ya tuvimos bastante de libros de superación.

El pensamiento desde los bordes: del posestructuralismo a la diferencia colonial y viceversa

Creí que jamás existiría un artículo parecido a este. Crítica al “Border thinking”. Sin palabras.

La teoría postcolonial resulta del análisis de las luchas, cruces e intersecciones entre cultura imperial dominante y saberes subalternos locales, proceso que da lugar a un fenómeno que ha sido descrito en términos de “mestizaje”, “hibridez”o “transculturación”

por Orlando Bentancor

I) Introducción.

Se puede afirmar que el libro Orientalism de Edward Said, publicado en 1978, inaugura una nueva área de estudios dentro de la academia norteamericana, que ha sido denominada análisis del discurso colonial, o más comúnmente, teoría postcolonial. Orientalism analiza aquellos textos coloniales en los cuales Europa se representa a sí misma y a sus Otros haciendo uso de una combinación del pensamiento postestructuralista foucaultiano y el marxista gramsciano. El resultado de la investigación de Said es la célebre y popularizada tesis según la cual el Otro colonizado no es sino una proyección de los miedos y deseos de Europa emboscados tras una aparente descripción objetiva y científica. El análisis de las tensiones entre saberes locales y cultura imperial fue emprendido con éxito por los sucesores de Said desde perspectivas teóricas diferentes, algunas de las cuales son el psicoanálisis de Homi Bhabha, la deconstrucción de Gayatri Chakravorty Spivak, el feminismo de Chandra Mohanty, y el marxismo de Aijaz Ahmad. El libro de Walter Mignolo, The Darker Side of Renaissance transciende la noción de discurso colonial mediante la noción de “semiosis colonial” y “hermenéutica pluritópica”, incorporando el pensamiento postcolonial producido en latinoamérica, como es el caso de Enrique Dusell y Rodolfo Kusch. Dicho brevemente, la teoría postcolonial resulta del análisis de las luchas, cruces e intersecciones entre cultura imperial dominante y saberes subalternos locales, proceso que da lugar a un fenómeno que ha sido descrito en términos de “mestizaje”, “hibridez”o “transculturación”.

Dentro de las múltiples teorías con mayor valor de intercambio que se expenden en el mercado académico encontramos la teoría postcolonial, el postestructuralismo y el marxismo. En el presente trabajo pretendo explorar una de las manifestaciones de pensamiento postcolonial más difundidas dentro del latinoamericanismo, que es la de Walter Mignolo, con el propósito de analizar su divergencia y toma de distancia respecto a las otros dos modos de pensamiento mencionados. En su libro Local Histories/Global Designs Walter Mignolo sostiene que el pensamiento postcolonial, en miras de lograr su objetivo descolonizador, debe apartarse tanto del marxismo como del postestructuralismo. Dicho distanciamiento estaría acompasado con una multiplicación de los lugares de enunciación situados en los bordes del mundo moderno colonial. Dando voz a aquellos intelectuales situados en lugares de enunciación no privilegiados por la modernidad, se hace posible resistir a los embates del imperialismo epistemológico de la misma. Tanto el marxismo como el postestructuralismo forman parte de esta agenda moderna que debe ser excluida por el programa de pensamiento postcolonial.

En este trabajo pretendo demostrar dos ideas. En primer lugar entiendo que no existe algo así como un “afuera” del mundo moderno/colonial desde al cual se pueda hacer frente a la expansión colonial y globalizadora. En segundo lugar afirmo que la doble articulación de categorías de pensamiento tales como la noción de “valor” en Marx y la idea de poder diferencial en Nietzsche (retomada por Foucault y Deleuze) resultan de suma utilidad a la hora de entender una diferencia colonial que constituya no un afuera sino un pliegue interno de la propia dinámica capitalista. Con este propósito me propongo releer la noción de “border thinking” propuesta por Mignolo a la luz de esta doble articulación marxista/postestructuralista que él excluye.

II) ¿Diferencia colonial o poder diferencial?

En su reflexión teórica sobre la diferencia colonial Walter Mignolo se muestra ambiguo en lo que refiere a la inclusión o exclusión de herramientas conceptuales marxistas y postestructuralistas de la agenda de investigación postcolonial. Sin embargo, como intento mostrar, se trata de una falsa ambigüedad, ya que de hecho las herramientas conceptuales marxistas y postestructuralistas no pueden constituir el punto de partida de la crítica postcolonial, por lo cual deben excluidas o al menos relegadas a un plano secundario.

Según Mignolo (y parte de la crítica latinoamericanista) la exigencia de descolonización del pensamiento obliga al crítico postcolonial a tomar distancia de formas de pensamiento modernas y eurocéntricas. El carácter singular de la diferencia colonial hace de ésta una materia sutil que no se deja apresar por las mallas de la diferencia sexual, racial o económica. El pensador postcolonial no puede aplicar irreflexivamente la noción de diferencia heredada de la deconstrucción en particular o del postestructuralismo en general cuando intenta aproximarse a la idea de diferencia colonial. La razón de esto se encuentra en que la diferencia colonial no es un caso particular de una generalidad mayor que sería la diferencia postestructuralista sino consecuencia de contextos de dominación colonial.

Por otro lado, la différance, afirma Mignolo, no puede trascender la diferencia colonial ya que la crítica postestructuralista es una crítica interna a la modernidad. En otras palabras, la diferencia colonial no es un objeto de estudio que podamos iluminar aplicando una noción de pensamiento postestructuralista, por el contrario, la diferencia postestructuralista debe ser ampliada y superada por la diferencia colonial. No solo es necesario entender que la diferencia postestructuralista y la colonial no son intercambiables sino que la diferencia colonial posee una condición de posibilidad que la hace irreductible a la primera.
Dicha condición de posibilidad encuentra su fuerza y su carácter propio en la perspectiva del subalterno, perspectiva excluida (o al menos ignorada) por la diferencia posestructuralista. Un correcto entendimiento de la diferencia colonial necesita de un descentramiento radical que solo puede otorgar la perspectiva subalterna, planteándose de este modo un problema epistemológico fundamental. La condición de posibilidad de un modelo de enunciación que pueda entender la diferencia colonial no se halla dada por la crítica interna del postestructuralismo a la modernidad, sino en un posicionamiento geopolítico externo (lugar de enunciación) desde el cual se produzca un nuevo pensamiento diferencial que Mignolo llama “border thinking”. El “border thinking” es un modo de funcionar lógico diferente que adopta una perspectiva subalterna, una verdadera máquina decolonizadora que opera mediante la apropiación de la diferencia colonial (Mignolo Local Histories/Global Designs 45).

El postestructuralismo es una crítica universal a la cual se le escapa lo singular de la experiencia colonial. Mignolo juzga que teóricos como Derrida son ciegos a la diferencia colonial (83). Derrida ofrece lo que él considera un motivo suficiente para rechazar la diferencia colonial en el hecho de que todas las culturas son originalmente coloniales (Derrida Le monolinguisme de l´autre 68). Derrida ofrece una respuesta abstracta y universal a un problema histórico, singular y concreto que es el colonialismo inherente a la modernidad.

Mientras que la crítica postcolonial piensa y escribe desde una situación diferencial situada en los bordes del mundo moderno/colonial, Derrida piensa desde la perspectiva de una crítica al logocentrismo occidental. Pero esta crítica no deja de ser ella misma una crítica monotópica (e interna a la modernidad) al presuponer que el logocentrismo es una categoría universal del pensamiento y el colonialismo un fenómeno cultural universal. La generalidad abstracta desde la cual habla la decontrucción desatiende los fenómenos singulares históricos y concretos del sistema moderno/colonial.

No se trata de encontrar en la situación colonial una experiencia universal. A la universalidad de la ley, Mignolo opone la experiencia regional, así como también enfrenta la historicidad (y locación) de la enunciación postcolonial al sistema mundial moderno/colonial. Si bien Mignolo opone lo local a lo global, y la diferencia colonial a la universalidad de la razón europea, tal oposición tiende a debilitarse en momentos tales como aquellos en los que él afirma que no es absolutamente necesario desprenderse de la deconstrucción ya que “the question is not to choose between one or the other but to understand the irreducible difference between both” (Mignolo 84). Se trata, por el contrario de ver en el “border thinking” el potencial epistemológico de una máquina decolonizadora y de este modo captar la diferencia irreductible entre ambas. Y la diferencia entre deconstrucción y decolonización se haya anclada en la fuerza epistemológica de la enunciación localizada en los límites internos y externos del sistema moderno/colonial. Esta tesis toma su sentido de la siguiente afirmación de Mignolo: tanto Derrida como Deleuze o Guattari son los guardianes del concepto moderno de razón (84).

El “border thinking” opera mediante una “double translation” que le permite encontrar puntos de intersección incomensurables para la Modernidad. En otras palabras, el “border thinking” es justamente aquello que la Modernidad ve como un pensamiento dicotómico (85), cuando no una simple contradicción. Es sumamente significativo el ejemplo de “border thinking” que propone Mignolo, el fenómeno Chiapas, que consiste en una doble traducción de elementos marxistas y amerindios. Por un lado el marxismo es modificado por los lenguajes amerindios, y del mismo modo, la cosmología amerindia es modificada por el marxismo. Este cruce epistemológico posibilita la reescritura de una historia de quinientos años de opresión haciendo del movimiento Zapatista un ejemplo acabado de “border thinking”, que es y no es marxista leninista al mismo tiempo (86).

El modo de pensar diferente (“an other thinking”) es un cruce de diferentes pensamientos, ideologías, prácticas y modos de ver el mundo que generan una crítica externa y subalterna de la modernidad. Mientras que la deconstrucción se limita a desarticular las dicotomías producidas por un tipo de pensamiento presuntamente universal, el pensamiento mediante conceptos dicotómicos forma parte del proceso mismo de decolonización. Entiendo que Mignolo opera una verdadera inversión del modo de atacar el pensamiento que opera por dicotomías y su poder de efectuar modos de subalternización. Mignolo plantea el problema de los constructos binarios de modo tal que escapa a la deconstrucción al tiempo que encuentra un modo de pensar alternativo a la modernidad.

Afirma Mignolo: “This, in other words, is the key configuration of border thinking: thinking from dichotomous concepts rather than ordering the world in dichotomies.” (85). Desde el punto de vista lógico, el “border thinking” consiste en un sistema de enunciación dicotómico que constituye una lógica alternativa a la crítica interna de la modernidad. Desde el punto de vista geopolítico, consiste en un sistema de enunciación situado en los bordes internos/externos del sistema moderno/colonial. Mignolo afirma que el propósito de esta máquina descolonizadora es la instauración de una crítica espistémica de la poder colonial. (85)

El problema acerca de la inclusión o exclusión del marxismo y postestructuralismo se presenta de modo confuso ya que por un lado el punto de partida del “border thinking” requiere un distanciamiento de la filosofía europea, mientras que por otro Mignolo afirma que posible establecer alianzas con la crítica interna de la modernidad, es decir, con pensadores tales como Nietzsche, Heidegger, Marx, Freud y Derrida. El requisito que debe cumplir una alianza tal es la de descentrar la filosofía europea de modo tal que se ejerza una crítica externa a la modernidad. La crítica externa y subalterna es una doble crítica de la modernidad que exige pensar desde otra lógica, mirar desde otra perspectiva, hablar otro lenguaje conceptual, incluso pensar desde otro lugar de enunciación, todo lo cual implica una toma de distancia respecto a las herramientas conceptuales europeas. “The canonical thinkers of the Western canon can no longer provide a starting point for the epistemology that the colonial difference requires” sostiene Mignolo (313).

De este modo, aquellos pasajes en que Mignolo abre la posibilidad de establecer una alianza con Marx o con el postestructumo coexisten con advertencias acerca de lo peligroso que puede resultar integrar piezas teóricas europeas a la crítica postcolonial. Por ejemplo, Mignolo señala que pensadores tales como Fanon o Khatibi no rechazan el análisis de la lógica del capitalismo llevado a cabo por Marx, pero que el marxismo ha sido dependiente de la metafísica hegeliana. En esto, Mignolo sigue a Dusell, para quien el marxismo, cuando localiza al “otro” fuera del sistema, es ontológicamente incompatible con el pensamiento postcolonial (176-176).

Desde mi perspectiva, es mucho mas productivo intentar pensar en de qué modo la misma lógica del capital produce una exclusión del Otro, articulando este programa con una exploración de los intersticios que aparecen dentro del sistema. El pensamiento postcolonial no se halla limitado a la crítica interna de la modernidad, ya que la crítica interna de la modernidad se limitó a reaccionar ante la apropiación del Otro por parte de lo Mismo, mientras que el pensamiento postcolonial intenta ejercer un descentramiento radical de lo Mismo mediante un posicionamiento en el lugar del Otro.

Si bien Mignolo se mueve constantemente en un terreno de ambigüedad, en el que nunca está claro si incluir a Marx y al postestructuralismo dentro la agenda postcolonial, a efectos prácticos parece querer decir que la lógica desplegada por el análisis del capital o el postestructuralismo resultan inútiles para entender la diferencia colonial, ya que existe una diferencia irreductible entre la crítica externa y la crítica interna de la modernidad. Esta es una afirmación que no puedo compartir. Entiendo que el subalternismo intenta descentrar el lugar de enunciación europeo, y de esta perspectiva interpelar, cuestionar y traduce el pensamiento europeo, y en cierto modo trascenderlo(1). Pero no comparto la afirmación de que el marxismo como el postestructuralismo sean ciegos a la diferencia colonial. Entiendo que es imprescindible una “double consciousness, double critique, an other tongue, an other thinking, new mestiza consciousness, Creolization, transculturation, and culture of transcience” para descolonizar el pensamiento, es decir, para destruir las categorías que han sometido a aquellas formas de pensar distintas a la metafísica y ciencia occidental a un proceso de subalternización (326). Pero también pienso que el camino abierto por este tipo de pensamiento no debe hacernos desechar fácilmente otros caminos de descolonización que aparenten ser, eclipsados por el fulgor del “border thinking”, menos seductores o menos renovadores.

A lo largo de todo su libro Mignolo insiste en que es absolutamente necesario establecer una crítica externa a la modernidad para poder iniciar un verdadero proceso de descolonización. En su labor descolonizadora, Mignolo se haya inspirado en el movimiento intelectual iniciado por Said, Bhabha y Spivak y Wallerstein, pero se rehúsa fervientemente a someterse al pensamiento postestructuralista francés. Otro de los motivos por los cuales se torna imperativo el distanciarse del marxismo y el postestructuralismo, es que éstos poseen serios límites cuando se trata de comprender el proceso de negociación entre lo local y lo global, por lo cual se hace imprescindible, según Mignolo, pensar desde los bordes de la diferencia colonial localizada en los bordes del mundo moderno colonial, y así reconsiderar el modo en que se reciben los diseños globales por parte de los proyectos locales. Por el contrario, yo entiendo que estamos lejos de haber alcanzado a agotar el arsenal conceptual presente en la doble articulación marxismo y postestructuralismo.

El peor error del “border thinking” sería el de reproducir sus condiciones de exclusión, es decir, invalidar aquellos modos de pensamientos que no han sido producidos dentro del espacio de enunciación avalado por el mismo. Si bien el espíritu del “border thinking” es inclusivo, en estos momentos arriba señalados, se vuelve exclusivo. A cualquier tipo de propuesta exlusiva o bien “border thinking” o bien doble articulación marxismo/poestestructuralismo, opongo la afirmación conjunta de “border thinking” y doble articulación marxismo/poestestructuralismo.

Entiendo que es necesario y beneficioso traducir la lógica del capital al “border thinking”. Con este propósito pretendo demostrar en qué se beneficiaría el “border thinking” integrando al marxismo y al poestestructuralismo. Debemos destacar que Mignolo considera este dentro y fuera, centro y periferia como metáforas duales fundadas en un lugar de enunciación y no en una ontología del mundo. Mignolo se encuentra más preocupado en una práctica discursiva epistémologica que en imponer una fisicalidad naturalista geográfica por sobre los sistemas de enunciación. En cierto sentido es posible afirmar que estos términos no son substancias absolutas y eternas sino términos problemáticos y relativos con un valor pragmático que consiste en la capacidad de descolonizar de los mismos.

Este tipo de crítica rechaza la antigua idea de un punto arquimediano de enunciación europea. En lugar de profetizar la muerte del sujeto, o el advenimiento de un sujeto universal proletario, el pensamiento postcolonial multiplica los sujetos, mediante una descentralización de la racionalidad europea y una recolocación de la enunciación que permita transformar la crítica interna de la modernidad en una crítica externa. No obstante, la crítica postcolonial se enfrenta al siguiente dilema. Si pretende distanciarse de la doble articulación marxismo/poestestructuralismo, entonces debe encontrar un afuera desde el cual ejercer una crítica radical y externa a la modernidad. Ahora bien, si tal afuera no existe, es decir, si tal afuera también depende de la lógica del capital, entonces, la crítica postcolonial deberá buscar otro modo de descentrar y multiplicar los lugares de enunciación.

Una vez aceptada la necesidad de una crítica externa que funcione desde otra lógica, cabe preguntarse por el carácter de dicho posicionamiento. ¿Qué aportes puede hacer el marxismo y su análisis de la lógica del capital a este problema? ¿Es posible encontrar un afuera puro e incontaminado de modernidad desde el cual se pueda hacer frente al poder avasallador del capital?(2)

Si la respuesta fuera afirmativa, el punto arquimediano que la crítica postcolonial echó por la puerta estaría entrando por la ventana. En este mismo sentido, Negri y Hardt denuncian las posturas localistas que plantean el problema en términos de rígida oposición entre lo local y lo global. Existe un modo de pensar muy difundido que consiste en oponer de modo absoluto lo local a lo global, identificando lo global con un proceso de homogeinización indiferenciada, y adjudicando a lo local el lugar privilegiado desde el cual se preserva la heterogeneidad y la diferencia (Empire 44). Tal postura ve en lo local la última barrera de resistencia frente a la expansión capitalista. Se le confiere a lo local un estatus de preeminencia ontológica frente a lo global que lo convierte en foco de lucha por la naturaleza y la diversidad. En lugar de identificar lo local con la diferencia-en-sí, hace falta preguntarse por los tipos de maquinarias de sujeción que producen tanto las identidades como las diferencias de lo local frente a lo global.

No siendo lo local aquel reino libre de las diferencias naturales y preexistente, difícilmente pueda asignársele un lugar fuera de la expansión capitalista. Lo dicho hasta ahora no significa que lo global, al no ser identificable con un proceso de homogeinización indiferenciada, constituya la diferencia-en-sí que buscábamos en lo local. Lo global es un proceso cuyo elemento es el flujo capitalista que crea tanto las identidades como las diferencias locales. De este modo, no es posible sino dar una respuesta negativa a la pregunta acerca de la existencia de un punto arquimediano desde el cual se pueda ejercer la crítica externa de la modernidad, ya que lo local no es, de modo alguno, un origen inmaculado y a priori de la diferencia colonial. Si pensamos lo local como un producto de las líneas de divergencia e integración creadas por el poder del capital, entonces, difícilmente podemos afirmar que la enunciación situada en los bordes del mundo colonial-global constituyan un afuera incontaminado.

Aún así, adjudicarle a Mignolo una noción de lo local que posea cierta preeminencia ontológica de una diferencia-en-sí frente a lo global sería manipular la tesis principal de Mignolo. Mignolo es conciente que el poder, así como las fuerzas de opresión sociales producto del colonialismo, opera mediante la imposición de estructuras binarias (productos de la razón totalizante y hegemónica de occidente) sobre los sujetos sociales. Pero el mismo carácter limitado del binarismo proporciona a estos sujetos ubicados en la frontera del mundo moderno-colonial un margen de operabilidad que los convierte en sujetos privilegiados de la enunciación. De este modo, irrumpe una nueva lógica capaz de expresar las diferencias que resisten el poder dicotomizante y opresor del discurso colonial y neocolonial. En lugar de pensar de acuerdo a dicotomías, el “border thinking” piensa desde conceptos que son en sí mismos dicotómicos, es decir, duales, paradójicos, complejos, con una riquza capaz de aprehender la multiplicidad de lo real. Pero continúa el problema del carácter externo de este lugar de enunciación.

Si no es posible apelar a una noción de lo local que nos devuelva un cielo incontaminado de diferencias puras (ya que la lógica del capital no posee afuera), entonces, el “border thinking” no puede rehusar apelar a herramientas conceptuales que analicen el poder del capital. Una vez que hemos desechado identificar lo local con la diferencia y lo global con la homogeneidad, persiste el problema de determinar el estatus de un lugar de enunciación que resista a la modernidad sin apelar a punto arquimédico privilegiado. Para ello, es conveniente tener en cuenta, aunque parezca trivial, que la sub/alter(n)idad es un producto. Como afirman Negri y Hardt “Alterity is not given but produced” (Empire 125). El colonialismo es esencialmente dialéctico ya que la diferencia es entendida en términos de oposición y es subsumida dentro de la negatividad; en este sentido, el Otro es producido como una absoluta negación del sujeto europeo. Se trata, una vez más, de la sublación hegeliana que, negación mediante, inscribe al otro en la razón universal de la modernidad y del Estado.

Como afirma Gilles Deleuze (uno de los críticos más acérrimos de Hegel) la dialéctica hegeliana no niega la identidad sino que al inscribir la diferencia entre los dos noes de la contradicción subsume la diferencia en la identidad. La contradicción tiene una función muy diferente que la de expresar la diferencia, ya que la contradicción se resuelve, y el proceso de resolución de la diferencia la reenvía a su fundamento. A diferencia de sus predecesores, Hegel pretende sacar a la diferencia de su estado de máximo relativo y llevarla a un estado de máximo absoluto, en otras palabras, quiere llevar la diferencia hasta el límite de lo infinito de la contradicción.

Pero para esto, la diferencia tiene que pasar por los estadios de oposición de los extremos (contrarios), por lo cual sigue siendo abstracta hasta no llegar al infinito. La introducción del infinito reestablece la identidad de los contrarios al reintroducir lo infinitamente grande de la teología. De este modo se reintegra la identidad a las determinaciones finitas cada vez que éstas “se niegan a sí mismas y excluyen al Otro de sí”. La negación extrae un doble desnaturalizado de la diferencia, su doble negativo y pretende que ha hecho un gran progreso. La denuncia de la abstracción por parte de la dialéctica es una falsa denuncia, ya que la dialéctica suple la insuficiencia de una abstracción con la insuficiencia de su opuesto. De este modo, al someter a la diferencia a un rito de pasaje a través de cada uno de los estadios de la sublación (aufheben) se la devuelve al fundamento del saber absoluto que es su aniquilación no menos que su corona de gloria. Detrás del fundamento leemos las fórmulas clásicas de la lógica tales como “la cosa niega lo que no es” o “se distingue de lo que no es” puestas al servicio de una de las formas del principio de identidad que puede ser resumido como “el todo no es la cosa”.(3)(Deleuze Difference and Repetition 49). La singularidad es crucificada y sometida al poder de la negación abstracta, la analogía, la identidad y a las exigencias de la representación.

El colonialismo opera mediante una dialéctica que homogeiniza las diferencias creando una oposición superpuesta subsumiéndolas en la identidad de la civilización europea (Hardt Negri Empire 128) “Reality is not dialectical, colonialism is” (Empire, 128). La multiplicidad de lo real(4) no se deja aprehender por las dicotomías de la negatividad, pero dicha negatividad es el agente del colonialismo que sólo es capaz de ver en la diferencia colonial una alteridad negativa. Estamos, una vez más frente a la vieja dialéctica del amo y del esclavo, que es la forma más refinada de artificio lógico puesto al servicio de la dominación, en este caso colonial.

Lo local no constituye un cielo incontaminado de diferencia, y la alteridad es un producto de un poder colonial que opera mediante la dialéctica, por lo tanto, para ejercer una crítica radical de la modernidad colonialista, es necesario encontrar un tipo de pensamiento que sea capaz de escapar al colonialismo dialéctico que organiza al mundo en categorías binarias. Con este propósito Mignolo apela a una “another logic” que funcione por conceptos dicotómicos en lugar de ordenar el mundo en dicotomías.

II Doble articulación: poder diferencial/lógica del capital

Como dije arriba, Mignolo entiende que para encontrar una lógica alternativa a la modernidad es conveniente desprenderse tanto del marxismo como del postestructuralismo por estar estos atados a una pretensión de universalidad. Pero entiendo que si de lo que se trata es de caracterizar diferencia colonial, entonces tal vez sea conveniente intentar preguntarnos hasta dónde nos pueda iluminar los conceptos de diferencia heredados del marxismo y el postestructuralismo antes de tomar distancia de ellos. En otras palabras, pretendo justificar la validez de aquellas herramientas conceptuales que Mignolo directa o indirectamente desecha y que pueden resultar útiles para el “border thinking”. Si el la diferencia colonial es producto de las relaciones de poder instauradas por el expansionismo moderno, entonces, resulta necesario e imprescindible atender a la noción de poder diferencial postestructuralista que incluye una analítica de las fuerzas implicadas en procesos de dominación.

En este trabajo pretendo demostrar que si bien Mignolo desecha la noción de poder diferencial de Nietzsche así como la teoría del valor de Marx, estas nociones no sólo resultan iluminadoras del border thinking sino que delimitan un espacio de acción que otorga un margen real de agencia y resistencia al subalterno. Este espacio puede ser pensado como un pliegue, un intersticio abierto en el seno mismo de la lógica del capital. Entiendo que el poder colonial puede ser explicado, parcialmente, por la noción de poder diferencial de Nietzsche, ya que éste afirma que las fuerzas deben ser medidas de modo cuantitativo y no cualitativo. Limitarse a establecer diferencias entre cualidades es perjudicial, si no imposible, ya que la cualidad no puede ser medida científicamente.

Nietzsche alinea la cualidad junto con los valores establecidos, concretamente, los valores morales, por lo cual se halla contaminada de prejuicios, ingenuidades y ambigüedades que deben ser removidas mediante la crítica (The Will to Power 710). Una determinación de fuerzas puramente basada en la cualidad reintroduce todos los fantasmas de la moral y de la ideología. Por otra parte, la diferencia cuantitativa no está exenta de crítica por parte de Nietzsche ya que una determinación de fuerzas puramente cuantitativa no es menos abstracta, ideológica e incompleta que una determinación cualitativa. Al igual que Marx, Nietzsche afirma que aunque fuera posible medir la energía empleada en una acción, tal medición quedaría condenada a la esfera de lo abstracto. No es posible reducir la cualidad a la cantidad (Nietzsche The Will to Power 564). Cuando intentamos determinar el estatus de la diferencia nos encontramos entonces entre el Caribdis de la cualidad moral y la Escila de la cantidad abstracta.

La solución de este problema se halla en un planteo del mismo en términos de relacionalidad. No es posible determinar fuerzas aisladas, por el contrario, una fuerza sólo puede ser determinable en relación a otra fuerza, en otras palabras, solo puede ser determinable por su diferencia con otras fuerzas. “Quantity itself is therefore inseparable from difference in quantity”, afirma Deleuze (Nietzsche 43).

No existe tal cosa como dos fuerzas iguales; ésta es una ficción abstracta basada en el principio de identidad, ficción que anula las diferencias reduciéndolas a una unidad superior. Por otro lado, la cualidad es irreductible a la cantidad, ya que es ella misma la diferencia cuantitativa que no se deja igualar con la equivalencia abstracta y que aparece cada vez que dos fuerzas entran en relación (Deleuze Nietzsche 44, Nietzsche Will 565). La diferencia cualitativa entre dos cantidades no puede ser reducida ni a la pura cualidad (valor económico, valor moral, valor estético) ni a la pura cantidad (equivalencia generalizada, principio de identidad, unidad de opuestos). La diferencia cualitativa se puede determinar como la diferencia que existe entre dos quantum de fuerzas que entran en relación.

Los problemas a los que se enfrentó Nietzsche a la hora de determinar la cualidad, guardan cierta analogía con los problemas que se enfrento Marx a la hora de determinar el valor de uso. El valor de uso en general puede ser mirado desde dos puntos de vista: la cualidad y la cantidad (Marx: Capital 125). Desde el punto de vista del valor de uso, el valor difiere en cualidad, mientras que desde el punto de vista del valor de intercambio, el valor difiere en cantidad (128). Si bien el valor de uso se halla del lado de la esfera de la cualidad, cada vez que una mercancía con un determinado valor de uso (cualidad) es intercambiada por otra mercancía con otro valor de uso, aparece el valor de intercambio que opera una cuantificación sobre el valor de uso. (Capital 126). ¿Cómo podemos entonces determinar las fuerzas de producción empleadas en determinada actividad? O en otras palabras, ¿cuál es el valor de determinada actividad? Como señala David Harvey, aunque fuera posible determinar de modo exacto las cualidades de un determinado trabajo (habilidad, facilidad, predisposición moral), o el quantum de energía física empleada en una actividad, tal descripción no sería más que una abstracción inútil (Harvey, 102).

La solución de este problema converge con el tipo de solución que le dio Nietzsche al problema de la diferencia cualitativa. Para determinar la base material de una actividad, es decir, su valor de uso, es necesario prestar atención al momento en que el valor de uso se transforma en valor de intercambio, es decir, el momento en el cual la actividad es mediada por un equivalente generalizado (Grundrisse 881). La equivalencia generalizada opera mediante abstracción reduciendo la cualidad a la cantidad(5).

Por un lado, según Nietzsche, mientras que la cantidad es inseparable de la diferencia cuantitativa (D1) , la cualidad es la diferencia cuantitativa que se establece cada vez que dos o más fuerzas entran en relación (D2). Por otro, según la lógica del capital, la cualidad (valor de uso) sólo es determinable cuando entra en relación con un sistema de equivalencia generalizada (cantidad abstracta)(6), con lo cual se produce un ocultamiento de la cualidad como diferencia cuantitativa (D2).
La determinabilidad de la diferencia cuantitativa y cualitativa posee consecuencias prácticas fundamentales. En primer lugar, el capital opera mediante un engaño que consiste en reducir las cualidades a cantidades, de lo que resulta su poder para obtener plusvalía. Pero en segundo lugar, el poder diferencial es capaz de abrir una pequeña brecha en la lógica del capital, ya que el proceso permite la emergencia de una diferencia cualitativa en el sentido de diferencia entre dos cantidades de fuerza en relación (D2).

Si bien D1 se halla ocultada en el proceso capitalista, la distancia entre la cantidad de fuerza empleada por una actividad y la cantidad de fuerza del capital permite a la diferencia cualitativa (D2) no quedar anulada en el dicho proceso. Producir, crear y pensar son actividades que crean líneas de diferenciación y creación que si bien entran en conjunción con la lógica del capital no pueden ser enteramente reducidas al mismo. El poder diferencial de la actividad se haya implicado en pero no es explicable por el poder del capital. En este sentido Negri y Hardt asignan al trabajo el carácter de flujo vital idéntico al de la voluntad de poder nietzscheana (Labour of Dyonysus 7). El trabajo (manual e intelectual) es fuerza, vida, diferencia cualitativa que se define por su capacidad de transformar la realidad, fuerza que entra en relación con otras fuerzas y que no se deja reducir al poder del capital.

¿Qué puede aportar la noción de poder diferencial a la diferencia colonial? ¿Qué sentido cobra la diferencia colonial a la luz de la expansión capitalista y el proceso de globalización? ¿Qué capacidad de agencia obtiene la producción intelectual en esta pequeña brecha que abre el poder diferencial en la lógica del capital? ¿Qué relevancia tiene la doble articulación entre la lógica del capital y el poder diferencial a la hora de iluminar la diferencia colonial? Caracterizar la diferencia cualitativa en términos de lucha de fuerzas entre trabajo y capital no nos devuelve aquel un cielo puro de la diferencia incontaminada que no entra dentro de la lógica del capital. Lo local, la alteridad, la diferencia cualitativa no son puntos arquimédicos situados en un afuera del capital.

Con esto quiero decir que la doble articulación poder diferencial/lógica del capital no provee al “border thinking” de un afuera externo al proceso desde el cual ejercer una crítica radical. Pero por otro lado, es capaz de abrir un espacio de lucha y resistencia delimitado por la distancia que hay entre el quantum del trabajo (en el sentido de capacidad transformadora de la realidad) y el quantum de fuerza que el capital extrae de este trabajo.

Podrá no haber un afuera del proceso, pero en la inmanencia del mismo es posible encontrar un espacio de indeterminación abierto por la noción de poder diferencial. La diferencia colonial es el efecto del proceso imperialista que traza líneas de diferenciación e integración, y que no actúa mediante un modelo transcendente sino en la inmanencia misma de su expansión. La diferencia colonial no es el no-ser del Ser, llámese Europa o Capital, es decir que no es un punto externo al proceso sino resultado del proceso. En este sentido, yo entiendo que, el poder diferencial de la actividad intelectual, manual, o revolucionaria producida desde los bordes del mundo moderno/colonial se haya implicado (directa o indirectamente) en pero no es enteramente explicable por o reducible al poder del capital.

El no estar afuera del proceso no es óbice para la resistencia que se pueda ejercer desde los bordes, ya que la diferencia colonial posee un poder diferencial distinto al poder del capital. Lo que quiero decir es que hay que entender esta diferencia colonial en el sentido cabal de ambas palabras, ya que por un lado posee un poder diferencial diferente al del capital (el capital, en este sentido no es la única regla), pero por otro lado el carácter colonial de esta diferencia la obliga a seguir las reglas de los diseños globales. La lógica del capital es como una función constante atravesada por un sistema de variabilidad que ella misma engendra que se llama diferencia colonial. El poder diferencial de la actividad intelectual que tiene lugar en contextos coloniales y postcoloniales no es enteramente explicable por el poder del capital por razones que son históricas y al mismo tiempo ontológicas.

Existe una distancia entre la fuerza productiva en contextos postcoloniales y el poder de la lógica del capital, la que abre un espacio que es mas lejano que cualquier punto exterior, un afuera que es interior al proceso, un margen de indeterminación, un lugar de enunciación o resistencia, o como diría Mignolo, un “lugar de enunciación situado en los bordes del mundo moderno y colonial”. El “border thinking” se podría ver beneficiado de una alianza con la doble articulación poder diferencial/lógica del capital no por un mero afán de continuar pensando lo que pensaron en Europa, ni con el propósito de integrar la crítica monotópica europea. Esta apropiación sería una invasión de los intersticios dejados abiertos por esta crítica, pliegues que habitan la distancia que existe entre un sistema de fuerzas y el sistema de fuerzas del capital, con el propósito de reinsertar nuestro propio pensamiento en el núcleo mismo del pensamiento eurocéntrico: no existe mejor defensa que un buen ataque.

Notas:

(1)Creo necesario aclarar que cuando uso el termino “trascender” no estoy pensando ninguna de los conceptos filosóficos que históricamente se han leído bajo este rótulo, tales como lo “trascendental” kantiano o aristotélico-tomista. Con este término me limito a señalar que el pensamiento postcolonial intenta traspasar los límites gnoseológicos y epistémicos impuestos por el pensamiento eurocéntrico.

(2)Con esta pregunta no estoy desechando la necesidad de una crítica externa del sistema. Entiendo que esta necesidad es fundamental, pero que el problema no puede ser planteado en términos de la afirmación de un afuera absoluto e incontaminado, que funcionaría como un cielo puro de la diferencia incontaminada por el poder del capital. Lo que intento es encontrar una instancia en la que anclar el border thinking sin acudir a esta noción de afuera.

(3) Hegel afirma: “la diferencia es negatividad que la reflexión tiene para sí; es la nada, que se dice por medio del hablar idéntico, es el momento esencial de la identidad misma, que al mismo tiempo está determinada como negatividad de sí misma” (Lógica 43) y también, “La diferencia, tal como unidad de sí y de la identidad, es diferencia determinada en sí misma. No es traspaso a un otro, no es relacionamiento a otro fuera de ella, tiene su otro, es decir, la identidad, en ella misma; así como esta identidad, al penetrar en la determinación de la diferencia, no se ha perdido en ésta como en su otro, sino que se conserva en ésta”

(4) Discutiré el problema de la diferencia ontológica en la segunda sección cuando exponga la noción de poder diferencial de Nietzsche y la teoría del valor de Marx.

(5) No entraré aquí en discusiones acerca de las diferencias entre los diversos modos de equivalencia genralizada, llámese capital, dinero o simplemente la equivalencia generalizada necesaria en cualquier sistema mercantilista.

(6) Nótese la sintonía que hay entre la equivalencia abstracta producida por el capital y la noción de cantidad abstracta como fuerza aislada denunciada por Nietzsche y también por Marx.

Bibliografía:

Deleuze, Gilles. Difference and Repetition. New York: Columbia University Press, 1994.
—, Nietzsche and Philosophy. New York: Columbia University Press, 1983.
Foucault, Michel. Discipline and Punish: The Birth of the Prision. New York: Vintage
Books, 1995.
—, The History of Sexuality.An Intoruction. New York: Vintage Books, 1990.
Hardt, Michael, and Antonio Negri. Empire. Cambridge, Massachussetts: Harvard
University Press, 2000.
—, Labor of Dionysus: A Critique of the State-Form. Minnesota: University of
Minnesota Press, 1994.
Marx, Karl. Capital. New York: Vintage Books, 1977.
—, Grundrisse. London: Penguin Books, 1973.
Mignolo, Walter. Local Histories/Global Designs. Princeton, New Jersey: Princeton
University press. 200.
Nietzsche, Friedrich Wilhelm. The Will to Power. Trans. Kauffmann and Hollingdale,
Random House, 1968

tomado de http://tijuana-artes.blogspot.com

Nubarrones

Wordle es una aplicación bien chida a la que llegué gracias al blog de Alberto Chimal uno puede agarrar algún texto y lo hace nube, las palabras que aparecen más grandes son las que se utilizan más veces. Ta bien chido. Pero es para ociosos. Esta es una ponencia que está en veremos su publicación, como no se puede leer así no se darán cuenta los editores de la revista a la que la mandé, jeje.

Y éste es un trabajo sobre Libros de Viaje y teoría Poscolonial que hizo un compa (y la dejó en la máquina muajajajajaja)

Como ven, mis únicos dos lectores, pueden intentarlo con ensayos, textos, entre otras cosas.

Vagaciones…

Abrí este blog porque decía que iba a poner cosas más serias. Algo así como un blog sobre trabajo. Pero me di cuenta de la verdad. Mi trabajo no se limita a cosas serias. De hecho  no tengo trabajo. Pero mis trabajos escolares no se limitan a cosas serias. De hecho me cagan los trabajos que son demasiado serios. Las redacciones solemnes son demasiado aburridas. ¿Pa’ qué citar una “absurda” frase de Becket si se puede citar un buen corrido de Los Tigres? Y eso que sólo empiezo a tirarle roña a los epígrafes.

Por ahora estaré de vacaciones, trabajando en mi tesis. O sea, fumándome a Bajtín. A ver que logro. Espero no morir congelado por la pasión siberiana de un ruso extraño.

Por ahora la fiesta continuará ¡Aquí! donde si se pueden hacer fiestas durante las vacaciones.

Este blog estará un tiempo en:

Asi. Rascando y tirando.

Asi. Rascando y tirando.

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